Rubén Castillo enciende «hogueras» en Internet

ISABEL MARLUD

En mitad de la noche, dos vidas aparentemente opuestas, se cruzan por azar en el gran mar de internet. Buscan en el otro la solución a unos problemas que no quieren reconocer e intentan utilizar el sexo como retén de la oleada de sentimientos que se ocultan bajo las identidades de Tristan y Marge. Este es el argumento principal del último libro del escritor Rubén Castillo, Las hogueras fosfóricas. El chat erótico en el que se desenvuelve la trama, es el escenario en el que verdad, mentira e ironía, se mezclan hasta conseguir un dialogo explosivo y en ocasiones desconcertante, con el que se desarrolla esta novela.

 ―¿De dónde sale la idea original de este libro?

―La idea surgió por casualidad, como casi siempre ocurre con mis libros. Una noche estaba navegando por Internet y me saltó una página de contactos eróticos. No le hice mucho caso, pero me pregunté si todas las personas que entran allí van buscando lo mismo. Me acordé entonces de esa frase intuitiva y genial de García Lorca (que siempre tengo presente al escribir): el poeta es la persona que mira las cosas desde el otro lado. Y puse en marcha la maquinaria de la ficción. Al cabo de unos meses, surgió Las hogueras fosfóricas.

―Desde el inicio del libro deja una idea clara que se va observando conforme se desenvuelve la novela: la obsesión de los humanos por dotar de sentido a las cosas y establecerles un orden que por sí mismas no tienen. ¿A qué cree que es debido ese interés y esfuerzo por el orden y el control de las situaciones?

―Creo que la obsesión por el orden es una consecuencia del miedo. Nos aferramos a la rutina, a los esquemas, a los ritos, porque solidifican el tiempo y nos dan la calma. Los seres humanos somos náufragos espaciales y temporales. Y nos empeñamos en dibujar falsillas para vivir. La costumbre y la repetición son armas contra la muerte, porque segregan un atisbo de perennidad.

―Marge es reacia a mostrar sus verdaderos sentimientos y evita hablar sobre sí misma siempre que puede. En cambio no tiene reparo ninguno en conectar la cámara y verse con Tristán, ¿por qué ese esfuerzo por ocultarse más psicológica que físicamente?

―Yo creo que todos funcionamos igual: nos hacemos fotografías, subimos esas imágenes a Facebook, aparecemos en orlas de institutos y universidades… Pero no nos desnudamos interiormente más que ante unas pocas, poquísimas personas, y en circunstancias muy especiales. ¿Recuerda la canción Sozinho, de Caetano Veloso? Le dice a la persona amada que él tiene planes secretos que só abro para você, mais ninguém. Sólo abro para ti; para nadie más. Mostrar lo que nos habita el alma es peliagudo. Necesitamos psiquiatras, amores o alcohol para vaciarnos. Siempre es así.

―Los dos personajes de este libro quedan muy definidos a pesar de que cuando hablan de sí mismos no queda perfilada la línea que separa la verdad de la mentira, ¿cómo lo consigue?

―Pues lo consigo (si lo he hecho, como usted tan amablemente afirma) porque los pienso como personas. Ambos protagonistas estaban en mi mente no como personajes sino como seres de carne y hueso. Hasta que no consigo llegar a ese punto no empiezo una novela. Una vez que sé cómo son ya puedo contar su historia.

―Hay un hecho fundamental que divide claramente el libro en dos partes: una parte física y otra más sensible, ¿cree que sin ese hecho y sin esa nueva realidad habría sido posible tratar temas  más íntimos y personales?

En efecto, así es. Todo lo importante en la vida tiene múltiples facetas. Si hubiera reducido a mis protagonistas a objetos físicos no habría conseguido mi propósito, así que los sumergí en una historia donde hubiera tacto y alma, deseos y frustraciones, inmanencia y trascendencia. Intenté que la novela tuviera más de un nivel de lectura. Espero haberlo logrado.

―Internet es escenario fundamental en su libro y por lo que se ve también en su vida: escribe con frecuencia en su blog literario y su otra novela, El globo de Hitler, se vende a través de la red, en la página web http://www.isladelnaufrago.com. ¿Se considera un amante de las nuevas tecnologías o simplemente cree que es necesaria una adaptación?

―Soy un amante limitado de las nuevas tecnologías. Me manejo bien con el ordenador y con Internet; estoy la red social Facebook; tengo un e-book y un tablet… Pero no me considero un fanático. Ni de las nuevas tecnologías ni de nada. Cuando Bob Dylan cantaba aquello de que los tiempos están cambiando se limitó a decir una obviedad: los tiempos siempre están cambiando. Lo único es que últimamente lo hacen más deprisa. No deberíamos perder ningún tren.

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