Segura

Fragmentación del Partido de Segura. 1833

Juan Montiel Vila, es miembro de los Animeros de Caravaca de la Cruz,  y algo mayor ya.

Mi abuela Esperanza Ríos González, que, curiosa y casualmente llevaba los mismos apellidos que El Pernales, regentó en Caravaca la Posada de la Compañía, entre 1925 y 1972. Quizás algunos de los más ancianos de los pueblos de la Sierra de Segura recuerden todavía aquella posada. Yo la conocí ya en sus últimos tiempos. Recuerdo que aún llegaban gentes con carros y bestias: Adolfo y Felipe de El Moralejo, Juan Navarro de la Fuente de la Sabina (Letur), Juan Bojines de Nerpio, Los Pañeros de La Encarnación con sus enormes mulas, José de  Almaciles, Felipe Molina Fuentes de Pontones, Margarita Alguacil de Santiago de la Espada y los Palomares y los Blázquez, comerciantes, tambien de Santiago y otros muchos que no recuerdo dada mi corta edad entonces.

A la Posada de la Compañía, acudían gentes de Pontones, de Santiago de la Espada, de La Matea, de Jutia, de Góntar, de Nerpio, de Turrilla, de Cañada de la Cruz, de Almaciles, de la Puebla de D. Fadrique, de Huéscar,  de Topares, de los Royos,  de Benizar, de Socovos, de Yeste, de El Sabinar, del Campo de San Juan, de Inazares, de Elchecico (luego descubrí que se llamaba Elche de la Sierra), etc. Aquellos lugares constituían  mi universo infantil, mi particular geografía iniciática.

No recuerdo que se hospedara nunca nadie de Murcia o del Levante, salvo unos vendedores de arrope que venían de Enguera (Valencia) o un comprador de pieles y cera que venía de Mislata, también de Valencia. En todo caso, de Murcia nunca venían huéspedes. Con el tiempo me preguntaba yo el porqué de esa ausencia total de intercambios humanos con Murcia. Mi extrañeza estaba justificada porque ya estudiábamos en la escuela que Caravaca pertenecía a la Provincia de Murcia. ¿Que cosa más rara?, me decía yo, que no venga ningún murciano ¿cómo serían los murcianos, que yo no los había visto nunca?

Cuando se dispuso que ya me correspondía tomar la primera comunión, quiso mi madre, para estar a la última, vestirme de marinero. En Caravaca la comunión se había hecho hasta entonces con un trajecico gris o azul marino que sirviera para la ceremonia y… para después. Pero en fin, con la moda de los 60,  mi madre decidió disfrazarme de marinero y allí que vamos mi padre, mi madre y yo camino de Murcia montados en un tren ferrobús. Entonces había ferrocarril en Caravaca. Ese viaje fue para mí todo un descubrimiento.Vi, por primera vez, el esplendor de los naranjos y limoneros, hasta entonces totalmente desconocidos. Eran unos frutales oníricos, fantásticos, para nada tenían apariencia de reales.  Descubrí otros colores, otros olores,  sentí lo que era el calor sofocante de la vega de Murcia, el azacanamiento de la ciudad. Me veía de repente en otro mundo totalmente ajeno al entorno en el que me había criado. Murcia era verdaderamente otro mundo, nada que ver con Caravaca.  No habían en Murcia, pensaba yo, ni leyendas de lobos, ni de almas en pena, ni de encantadas de larga mata de pelo, ni historias de bandoleros sanguinarios como Juan Manuel que se contaban en Caravaca al amor de la lumbre, ni leyendas de aparecimientos como la de la Santa Cruz en Caravaca o la de Jesucristo en Moratalla. En fin, Murcia para mi resultó ser tan exótica como la Polinesia. Era otro sitio, otro mundo completamente diferente a Caravaca, tanto en lo físico, en el paisaje, como en el alma que la alimentaba.  Sentí a Murcia tan ajena como a Birmania, por ejemplo.

Andando el tiempo comprendí las razones: Caravaca ha estado vinculada a la Sierra de Segura más de quinientos años. Y, aunque en 1874 se completara su incorporación a las instituciones de la Provincia de Murcia, Caravaca aun mantenía con fuerza, a finales del siglo XX su identidad y sus relaciones seculares con la Sierra de Segura.

Con el último advenimiento democrático, la cosa esta de las autonomías exacerbó o,  más exactamente, hizo que se inventara  una inexistente regionalidad. Con eso ya se consagraba la arbitraria división provincial de Javier de Burgos, pues, por criterio de prudencia, no se quiso entrar en modificar las divisiones provinciales, en evitación de un conflicto territorial en las vascongadas y Navarra. De esta manera la Sierra de Segura, unidad geográfica, territorial y administrativa donde las haya y con más de 500 años de existencia,  fue condenada a permanecer fraccionada entre las provincias de Jaén, Albacete y Murcia. Así hasta hoy.

Conviene tener presente que La Sierra de Segura constituyó desde el siglo XIII  y hasta entrado ya el siglo XIX, una unidad territorial dentro del Reino de Murcia, bajo la administración castellana de la Orden de Santiago.  Las Vicarías de Segura de la Sierra (hoy en Jaén), de Yeste (hoy en Albacete) y de Caravaca (hoy en Murcia) integraron la Demarcación Santiaguista de Segura. Quinientos años de historia común forzosamente han dejado su huella en todos los pueblos de la Sierra. Incluso la Jurisdicción eclesiástica era ejercida desde Uclés (Cuenca) y no  desde el Obispado de Cartagena-Murcia al que es incorporado forzosamente desde 1874, después de un “cisma” que duró cinco años. Hacemos notar  en este punto que tampoco es casual que la tradición fije el origen de Chirinos en Navalón (Cuenca) y que también la tradición nos hable de que los ornamentos litúrgicos de la misa en la que tuvo lugar el aparecimiento de la Cruz, también fueron traídos de Cuenca. La vinculación de Caravaca con Castilla es secular.

Esta circunstancia inevitablemente ha de notarse. Salvando las naturales diferencias de unos pueblos respecto de otros, todo es muy parecido ente las localidades de Segura, desde la tipología constructiva tradicional, las comidas, las costumbres, el habla, los refranes, las coplas, los oficios pecuarios, la música tradicional, etc. No somos clónicos idénticos, que nadie se alarme. No obstante, todo sigue siendo de lo más parecido entre nuestros pueblos, pese a los intentos normalizadores, lógicos por otra parte, de las distintas regiones que pretenden a toda costa mancheguizarnos, murcianizarnos o hacernos andaluces, según de qué parte de la arbitraria raya administrativa hayamos caído.

Con mi incorporación a los Animeros de Caravaca, a mediados de los años 70 descubrí que nuestra música tradicional podíamos interpretarla sin dificultad con gentes de Nerpio, Yeste, Santiago de la Espada o Segura de la Sierra, pero no  con gentes de Bullas, a sólo 20 kilómetros de Caravaca, por ejemplo. Con los de Yeste,  Nerpio, Moratalla o Santiago de la Espada, tocamos encantados y percibimos una afinidad y un afecto recíproco, como los que sienten  aquellos que se encuentran, tras mucho tiempo, con un familiar largamente ausente. El repertorio, la organología, las afinaciones instrumentales, las armonías, los fraseos melódicos, etc. de las músicas de todos estos sitios son enormemente parecidos a los de Caravaca, o viceversa.

Por eso, desde ninguna localidad segureña, ni desde Caravaca, ni desde Segura de la  Sierra,  ni desde Yeste, entre otros,  podemos mirar a la Sierra de Segura como algo pequeño y de cada uno de nuestros pueblos solamente. Debemos mirarla como algo grande, como algo que nos une a los de cualquier lado de los artificiales  límites provinciales o autonómicos con los del otro lado. Segura trasciende esa visión localista de cortos vuelos. Por eso nosotros, los de Caravaca (los pocos que aún vamos quedando),  no nos sentimos extraños, cuando vamos a Yeste, a Nerpio, a Letur, a Santiago, a Socovos, a Pontones…. Sentimos que estamos, de alguna manera, en nuestra tierra, con nuestra gente y confiamos en que ocurra igual a la recíproca.

Cuando los pueblos olvidan su pasado padecen de Alzheimer social y, como dijo aquel: Nadie vive una vida para olvidarla luego. Ningún pueblo recorrió su historia para no saber qué es y donde está.  Aunque…, bien mirado,  a fuerza de televisión, de catetismo autonómico y de la planitud intelectual imperante, todo puede pasar.

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