Don Pedro

Con S.M. el rey y el alcalde Pedro G. Esteller

José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Uno de los casos más elocuentes de identificación entre un forastero con el lugar elegido por él mismo o impuesto por las circunstancias para residir, es el de D. Pedro Ballester Lorca, quien vino destinado a Caravaca como sacerdote, por el obispo Javier Azagra en 1970 y, tras identificarse con la sensibilidad caravaqueña permanece junto a la Vera Cruz, como su capellán, habiendo escrito sobre Ella y sus fiestas, y haberle sido concedido el título de Hijo Adoptivo en 1996.

D. Pedro, como es conocido popular y cariñosamente, y no sólo en la sociedad local sino en lugares muy distantes y distintos de nuestra geografía urbana, no necesita añadir apellido alguno para su identificación. Con sólo decir su nombre se sabe quien es y lo que representa entre nosotros. Nació en Totana el 12 de julio de 1937 siendo el tercer fruto del matrimonio formado por el dentista madrileño Fermín Ballester y la totanera Eulalia Lorca, quienes establecieron el domicilio familiar en la C. del Álamo, en donde vinieron al mundo otras tres hijas: Rosa, Juana y Pilar. Cursó la enseñanza primaria en el colegio de monjas de S. Vicente de Paul, que aún sigue formando a pequeños totaneros para el futuro y entre sus profesores D. Pedro recuerda con especial agrado a sor Eulalia Cuspinera, la entonces superiora del centro escolar.

A los diez años comenzó a trabajar en el comercio de tejidos regentado por su tío Antonio Lorca, a quien considera el patriarca de la familia y a quien él y sus hermanas tuvieron por padrino en el mejor sentido de la palabra. Cinco años después, por influencia del sacerdote totanero D. Andrés Carvana, ingresó en el Seminario Menor de S. José de Murcia, del que entonces era rector el Rvdo. Adoración Reyes Paz. La formación de los seminaristas era dura entonces pues a las materias propias del bachiller se sumaban otras de humanidades y lenguas clásicas. Tras los años en El Menor pasó a cursar los preceptivos tres años de Filosofía en el Seminario Mayor de S. Fulgencio, del que era rector D. Belisario Panizo, teniendo como profesores a venerables sacerdotes como D. Bartolomé Ballesta Vivancos y D. Juan de Dios Balibrea Matás entre otros. Era la época en que los seminaristas surcaban las calles de Murcia ataviados de larga sotana negra y beca verde doblada al pecho y cayendo por la espalda. Tras la Filosofía cursó los no menos preceptivos cuatro años de Teología, en los que a esta disciplina se sumaban estudios de Hebreo, Derecho Canónico y Ciencias Eclesiásticas, siendo ordenado sacerdote, en junio de 1963 por el obispo Miguel Roca Cabanellas y celebrando su primera misa en la iglesia de Santiago de Totana el 8 de junio de dicho año, durante el período de tiempo denominado Sede Vacante ocurrido tras la muerte del papa Juan XXIII y la ascensión al solio pontificio de Pablo VI.

En septiembre de aquel mismo año obtuvo su primer destino como coadjutor de la parroquia de la Purísima de Yecla, de la que era párroco D. Dámaso Eslava Alarcón, donde tuvo sus primeras experiencias pastorales. En septiembre de 1965 fue destinado, también como coadjutor, a la parroquia de S. Cristóbal de Lorca, de la que era párroco D. José Antonio López, compatibilizando las tareas parroquiales con la capellanía del asilo que regentaban las Hermanitas de los Pobres y la docencia en el instituto Ibáñez Martín; recordando entre sus más íntimos amigos a Los Jodar (de Los Quijales), a Manolo (el farmacéutico del barrio), y a Bartolomé, locutor entonces de la COPE, junto al resto de locutores y técnicos de aquella emisora.

En septiembre de 1970 fue nombrado coadjutor del Salvador de Caravaca, del que era párroco D. José Barquero Cascales, y en 1971 capellán de la ermita de Santa Elena. En Caravaca se incorporó al claustro de profesores del instituto San Juan de la Cruz, entonces aún sección delegada del Ibáñez Martín de Lorca, haciéndolo a la vez que María Teresa Sola, José Cos, Rafael Pí Belda, Paco Méndez, Juan Romera, Pedro Mora y Pedro García-Esteller entre otros, permaneciendo en dicho centro hasta 2002 en que se jubiló como profesor, al cumplir los 65 años.

Identificado plenamente con la sensibilidad caravaqueña desde el primer momento de su presencia en la ciudad, reafirmó y clarificó de inmediato su vocación por la historia, el arte y la antropología gracias al propio sustrato de la localidad, proponiéndose de inmediato aportar su formación humanística a la idiosincrasia local.

Su destino pastoral en Sta. Elena le vinculó al mundo caballista por el que se sintió enseguida atraído y al que dedicó parte muy importante de su producción literaria e investigación histórica. Allí, en Sta. Elena se celebró la primera Misa Caballista en 1972, siendo presidente del Bando Antonio Rubio Guerrero. La segunda tuvo lugar en la Plaza del Hoyo al año siguiente, celebrándose las posteriores, hasta la fecha, en la Basílica, a partir de su nombramiento, en 1973 como Capellán del entonces Santuario.

Simultaneó la capellanía mencionada con la atención a diversas parroquias del Campo, lo que le permitió conocer el territorio del mismo palmo a palmo, rompiendo en sus caminos, entonces muchos de ellos de piedras, un coche Seat 850 que a los pocos años quedó para el desguace.

La Cruz y la ciudad, sus gentes y sus costumbres han sido continuamente la base de su inspiración, habiendo reflexionado mucho sobre las bases ideológicas de la Cruz y de las fiestas a Ella dedicadas, tras llegar a la conclusión de que las citadas fiestas son, simultáneamente, conmemoración y rito.

Sus escritos constituyen una simbiosis de vivencia y reflexión, madurados junto a la Vera Cruz, en su estudio intramuros del Castillo y claustro de la Basílica, donde también se inspiraron otros clérigos capellanes de la Reliquia como Juan de Robles Corbalán a comienzos del S. XVII y Martín de Cuenca Fernández-Piñero bien entrado el XVIII.

El Ayuntamiento, a instancias de la cábila mora festera de los Reales Halcones Negros del Desierto, le nombró Hijo Adoptivo en junio de 1996, lo que no supuso el culmen de su interés por la Cruz y Caravaca, sino una obligación moral para con la ciudad y el Santo y Seña de la misma.

Ha vivido en primera persona todos los años jubilares de la era contemporánea, desde 1981. Ha sido anfitrión de reyes, príncipes, cardenales, obispos y de cientos de miles de peregrinos que, en los últimos años sobre todo, han acudido a postrarse al pie de la Cruz, y confiesa haber aprendido algo de cada uno de ellos. Recuerda de manera muy especial la visita del cardenal José Ratzinger, cuando nadie intuía su ascensión al Papado tiempo después.

D. Pedro, que ha vivido en diferentes lugares urbanos de la ciudad, habiendo sido los últimos en la C. Mayor (donde falleció su madre), y la de S. Simón, es conocido y admirado en los sitios más inverosímiles de España y de Europa, habiendo hecho amigos entre los peregrinos a Caravaca en lugares cercanos y lejanos donde siempre ha dejado en ellos el gusto por conocer algo más sobre la Cruz, la cual está incorporada a su psique formando parte de él mismo, como también forma parte de él mismo la ciudad y sus gentes a las que ama colectiva y grupalmente, a la vez que individualmente, aceptando a cada cual como es, con sus nombres y apellidos.

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