El Maestro Jesús Fernández

La banda en los años sesenta

José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Enfundado en su uniforme gris, con gorra de plato y aspecto venerable, varias generaciones de caravaqueños recordamos la simpática figura del viejo maestro de música D. Jesús Fernández López al frente de la Banda de Caravaca que aquí, a diferencia de otros lugares se sublima mencionándola sólo como La Música.

D. Jesús vino al mundo en Mula, el día de Navidad de 1894, como segundo fruto del matrimonio formado por Juan Antonio Fernández Moya y Juana López, quienes se trasladaron a vivir a Caravaca cuando el pequeño Jesús sólo contaba con un año de edad.

De niño fue conocido como Jesús el de los coches, por ser su hermano José María el conductor habitual del coche de caballos que cubría la línea de pasajeros entre Murcia y Caravaca.

Apenas si sabemos nada de su adolescencia y primera juventud, sin embargo hemos llegado a conocer, por información de su familia, que fue músico en la banda caravaqueña que dirigía D. Raimundo Rodríguez Manzanera, en la que tocaba hábilmente el bombardino, y que cumplió el Servicio Militar en Infantería de Marina en Cartagena, integrándose en la banda de música de la misma.

De regreso de la mili y transcurrida la Guerra Civil, fue depurado por su ideología republicana y ganó la oposición al cuerpo de Directores de Bandas de Música Municipales, quedándose en Caravaca como tal (con un sueldo inicial de 650 pts) tras la jubilación del maestro D. Raimundo Rodríguez Hernández. En la ciudad transcurrió toda su vida profesional al frente de la Banda, de la Academia de educandos de la misma y como miembro de una orquesta que tocaba en el Gran Teatro Cinema cuando la empresa arrendataria del mismo requería de sus servicios en obras musicales de zarzuela y revista que actuaban en dicho coliseo, sobre todo los lunes.

En dicha orquesta tocaba el violín junto a Pedro José Martínez Nevado y otros como Matías Albarracín (que tocaba la trompeta), Ángel Gómez (la flauta), Pepe Martínez Nevado el Sacristán (el saxofón) y después su propio hijo Antonio (el contrabajo).

D. Jesús contrajo matrimonio con Remedios García Fernández en 1925, estableciendo el domicilio familiar primero en la calle del Poeta Ibáñez y después en la de Las Monjas (sobre lo que fue Peña Mariano y luego Peña Molovny). Entre uno y otro hogar llegaron al mundo sus cuatro hijos: Cruz, Antonio, Paco y Juanita (popular y cariñosamente conocida como Canita). El domicilio definitivo se situó en la carretera de Murcia, junto a Muebles Espallardo, en 1936, cuya planta baja vino funcionando como Academia donde ensayó la Banda durante años, hasta que final y definitivamente se trasladó el aprendizaje y ensayo a la Ermita del Santo, en la placeta de este mismo nombre, compartiendo espacio con los Gigantes de nuestras Fiestas Patronales.

De su antigua Banda de Música, la de los años cincuenta pasados, se recuerdan nombres como el de Pepe el Monjero (que tocaba el bajo), Ángel Sánchez el de Fidel (bombardino), Ángel Gómez (la flauta); Torralba (el requinto), Matías Albarracín (la trompeta), Ramón el Cascarilla, Ramón Marín Orrico y Paco el López (el clarinete). Jesús Romero (la trompa), Santillana (la caja) y sus propios hijos Antonio (el clarinete) y Paco (la trompa).

De la época de los años sesenta igualmente se recuerda a Bartolo Caparrós (tocando la caja), a Eusebio (el bajo), a Santiago Gironés (el contrabajo), a Julián García Orrico (el saxo tenor); a Los Perlas Antonio y José (que tocaban el requinto y el saxo respectivamente). A los hermanos Romera (Juan, que tocaba la trompeta, Salvador, el fliscornio y José, el clarinete). Diego García Blaya (el trombón), Juan José Gómez (el bombardino), Dimas, José López el Moreno y Juan Soria (el clarinete) y Joseíco (la trompeta), entre otros muchos.

D. Jesús llevó la banda a cotas de calidad y fama no alcanzadas hasta entonces, participando continuamente en certámenes en los que siempre hizo muy buen papel, y estando presente en las más importantes semanas santas y fiestas de la Región (baste recordar, como botón de muestra, su presencia continuada en el tiempo en la procesión murciana del Miércoles Santo, denominada popularmente de los Coloraos).

Trabajador incansable, compatibilizaba la docencia a los educandos diariamente, en la Academia de la Placeta del Santo, de 12 a 2 y de 8 a 12 de la noche, con los ensayos generales que tenían lugar los martes y jueves; las clases particulares en su propio domicilio a estudiantes de Magisterio como Fernando López Álvarez y Eladio Palomares Mendoza, e incluso con la composición y la instrumentación de piezas musicales. Como compositor se recuerdan, entre otros, los pasodobles a los toreros locales Pedro Barrera y Ángel Medina, así como un himno a la Stma. Cruz al que puso letra el cronista Manuel Guerrero Torres. Colaborador incondicional con toda la actividad musical local, instrumentó las compañías de variedades, con aficionados, que solía montar Antonio Medina, entre ellas Maravillas Españolas (en 1960 y 1965), así como Fantasía de Colores pocos años después, en la que ya colaboró su discípulo Salvador Romera.

Paciente con sus alumnos y maestro de maestros, hizo músicos aventajados a sus alumnos preferidos Salvador Romera y Joseíco, de quienes siempre se sintió orgulloso, llevándolos a tocar a casas donde se apreciaba la calidad musical y se era sensible a la actividad artística.

Sus mayores disgustos estaban relacionados con el abandono de algunos músicos de la Banda, debido sobre todo a la emigración, por motivos laborales, tan extendida entre la población durante los años sesenta.

Llegada la edad reglamentaria, se jubiló en 1965, entreteniéndose a partir de entonces tocando el violín en su propio domicilio y ayudando en la cría de gallinas en la granja propiedad de su yerno Tomás Raigal.

Esclavo de su mujer, cuando la diabetes se adueñó de ella, la cuidaba y aseaba con mimo a diario, alternando esta tarea con el paseo y charla con sus amigos Manuel Rodríguez de Vera y los músicos Diego y Luís Cortés, durante sus estancias en Caravaca.

Viejo y sordo, falleció en la ciudad el 5 de abril de 1978, constituyendo su entierro una emotiva manifestación popular de duelo, en la que no faltó su Banda de Música, ya dirigida entonces por su sucesor al frente de la misma el maestro Antonio Martínez Nevado.

Su estela creativa musical no partió con él de este mundo. Sus discípulos han seguido aportando lo mejor de sí mismos al pentagrama local. Su hijo Paco siguió como músico en la banda caravaqueña, y su otro hijo, Antonio, prolongó en el tiempo la actitud paterna como director, primero de la Banda de Nerpio y, posteriormente de las de Yeste y Moratalla, estando al presente, con 83 años, al frente de la caravaqueña Asociación Musical La Compañía.

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