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Rubén Castillo Gallego

Hace aproximadamente una década tomé la decisión de escuchar, tan sólo, las recomendaciones literarias que me hicieran tres o cuatro personas, escogidas por la sintaxis del tiempo. El método de selección de esas personas, digámoslo así, fue tan lento como eficaz, y admite ser resumido en pocas palabras: ellos fueron los que me indicaron obras que, la inmensa mayoría de las veces, me dejaron un buen sabor de boca o, directamente, me fascinaron. Una de esas personas (mi amigo Pepe Colomer) me preguntó hace cosa de un año si conocía las obras de Gonzalo Hidalgo Bayal y le tuve que contestar que ni siquiera me sonaba el nombre. «Pues lo tienes que leer. Te va a encantar», me dijo. De tal modo que, cuando hace cosa de un mes tuve noticia de que la editorial catalana Tusquets publicaba un volumen de relatos de este escritor extremeño me dije que era la oportunidad perfecta para solventar mi ignorancia y comprobar si el consejo de mi amigo volvía a ser, como casi siempre sucede en su caso, atinado.

Y sin duda lo es. Las cinco historias que se alinean en estas páginas ofrecen tantos flancos de hermosura que he salido de ellas embriagado y convencido de haber encontrado a un estilista excepcional, al que seguiré fielmente a partir de ahora… Kalé heméra nos cuenta cómo un chico sobrevive dando clases de lenguas clásicas y cómo está a punto de ser contratado por una mujer que roza los treinta años y que, después de dejarse los estudios, pretende ahora aprender griego. No se muestra de acuerdo el marido, que considera la extrema juventud del chico un serio problema para admitirlo en su casa como profesor particular. Corzo nos sitúa en los alrededores de una extraña casa (La Tebra) que se encuentra ubicada en el interior de un bosque inextricable. Cuenta la leyenda que allí vivió un loco llamado El Corzo, que perdió la cabeza cuando su mujer e hijos se abrasaron en un incendio hace años. ¿O quizá fue él mismo quien prendió el fuego? Los lectores irán poco a poco recibiendo los detalles de la historia y deberán formular un juicio al respecto. Aquiles y la tortuga tiene como protagonistas a dos antiguos amigos (un escritor de éxito llamado Saúl Olías y un célebre empresario textil llamado Pedro Enrique), inmersos en una relación que los ha mantenido electrizados desde la juventud y que ahora, cercanos a la vejez, alcanza su punto álgido. Y Monólogo del enemigo es la historia de un hombre que, acodado en la barra de un bar, desgrana para nosotros la historia de El Enemigo, un condiscípulo con el que mantiene una tensa relación de odio que los años no han hecho sino enriquecer y aumentar.

Pero quizá el relato más admirable y anómalo de todos sea el que cierra el volumen, Reparación. En él nos encontramos con un hombre que, instalado en un sillón (al que define varias veces como augusto), ve por la ventana de su casa cómo otro hombre desciende a diario por la costanilla y entra en un aparente taller de reparaciones. El espionaje, que se vuelve progresivamente más neurótico e intrincado, apenas tiene objeto. Se trata sólo de observar, de extraer conclusiones sobre la vida probable, las costumbres probables y el carácter probable de ese tipo. La forma en que lo espía incurre en lo exhaustivo, pero es que, como él mismo dice,  «llevo años y años sin otro oficio que conjeturar, pues, como acabo de decir, la inmovilidad y el insomnio son grandes compañeros de la imaginación» (p.186)… Si Emir Rodríguez Monegal definió a Pablo Neruda, en un libro célebre, como el viajero inmóvil, otro tanto se podría decir de este narrador verborreico, febril, inesperado, meándrico. Los lectores viajamos por el interior de su cabeza, mientras él escruta, disecciona, deduce, acepta y descarta hipótesis, como un dios paralítico. Al principio, el lector se adentra en el relato esperando algo, pero cuando comprende que no va a pasar nada es cuando se detiene en la prosa y en la psicología, auténticos objetivos de la narración.

Este libro, denso, reflexivo y milimétricamente equilibrado, me ha hecho descubrir a un escritor. Con mayúsculas. Acérquense a él.

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