Tiempo de lágrimas

Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Recuerdo que por aquellos días se lloraba mucho o, al menos, yo veía y escuchaba llorar mucho. Algunas vecinas perdieron a sus hijos al nacer en algún momento, acaso porque a todos nos alumbraban nuestras madres en sus propias camas con la asistencia de una comadrona vocacional y, en algún caso, con la presencia del médico de cabecera, pero sin verdaderas condiciones higiénicas ni medios asistenciales ni avances técnicos. Aunque, bien visto, peor lo pasaban las mujeres en los cortijos de la sierra y, mal que bien, también parían.

A lo que iba, mi madre y mis abuelas eran de lágrima fácil y ante cualquier imprevisto: una tormenta de verano, la noticia de una desgracia o una catástrofe que nos traía el televisor desde algún confín del mundo, soltaban un llanto entrecortado y tan natural en ellas como su atuendo femenino. Yo las veía acudir a los velorios y me asombraba de la facilidad con que se sumaban al llanto doméstico de la casa donde residía el finado. Para estas cosas las mujeres disponían de un sentido de la solidaridad sentimental único y verdaderamente insólito. Para ellas era fácil llorar en el momento adecuado y con la persona conveniente, pero a nosotros, los muchachos, se nos tenían prohibidas todas las manifestaciones de debilidad como un lastre de lesa feminidad que nos convertía en criaturas frágiles y de hombría sospechosa. Yo, apenas recuerdo haber llorado un par de veces en mi vida, aunque tuve razones y ganas de hacerlo unas cuantas más.

Tengo la impresión desde la distancia de los años que la España de aquel tiempo estaba invadida por una atmósfera tragicómica, en la que las consecuencias de una guerra feroz y nuestra condición de país de charanga y pandereta se habían fundido en una sustancia híbrida y sombría, en cierto modo. Pasábamos de la risa a las lágrimas en muy corto espacio de tiempo, porque la calle y las casas seguían habitadas por pequeños dramas familiares, donde la enfermedad, la escasez, el trabajo duro y el miedo eran la semilla que sembrábamos inconscientes de que también nosotros estábamos contribuyendo al clima gris, pesado y general bajo el que todos sobrevivíamos ausentes e ignorantes de la verdadera dimensión de nuestras existencias.

Las lágrimas, el llanto, la tristeza venían bien a una época de austeridad, donde la religión y la represión marcaban nuestros pasos, porque, de acuerdo con el viejo adagio medieval, la vida era corta e insatisfactoria, mientras que la recompensa nos aguardaba en el cielo. Es verdad que suena raro, antiguo, anacrónico e, incluso, falso, pero aunque nos parezca mentira, las cosas estaban así aún por aquellos días, y abundaba el espíritu de la resignación, el qué le vamos a hacer y el no somos nada. Para colmo, las interminables radionovelas de las tarde ponían la guinda a la congoja en la que parecíamos sumidos y, si no había motivos suficientes en la vida real para preocuparse y andar atribulado, tomábamos los dramas de la ficción como si fueran nuestros y tornábamos a sufrir otro tanto.

Reconozco que odiaba sorprender a mi madre con los ojos enrojecidos y la mirada huidiza, por los rincones de la casa, apesadumbrada por cualquier motivo que o no se me alcanzaba con claridad o, simplemente, no era asunto mío.

La muerte de los familiares era un capítulo aparte, desde luego, una causa más que válida para llorar sin pudor, sin dar explicaciones, con pleno derecho a sollozos, suspiros y demás aspavientos de duelo, aunque el pariente hubiese sobrepasado los ochenta y su enfermedad no tuviese cura. En las reducidas habitaciones de las pequeñas casas del barrio, se hacinaban durante horas mujeres vestidas de negro riguroso y sentadas en viejas sillas de anea, hablando en voz baja alrededor del féretro que solía estar destapado y con el difunto a la vista, mientras los hombres fumaban en la calle y departían sobre asuntos de mayor trascendencia, como el trabajo, las inclemencias del tiempo y algunos hechos del pasado que referían en momentos como aquellos, porque de lo que se trataba era de acompañar a los dolientes en la despedida, en el último adiós a sus seres queridos.

Yo era tan solo un niño, tímido y solitario, y, acaso por esto mismo, sensible a cualquier estímulo que me llegara de fuera, pero tenía la certidumbre, por aquellos días, de que el espacio que me rodeaba era más oscuro, las gentes más taciturnas y la vida, una aflicción constante. Para colmo, la televisión emitía en blanco y negro, como nuestro destino, como aquella infancia, larga y no siempre feliz, de la que fui emergiendo poco a poco, por fortuna.

Las alegrías y el color, la música y el arte, la humanidad y la democracia, la libertad y el amor vendrían más tarde.

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