Aullido

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Rubén Castillo Gallego

Recuperar en 2011 el nombre de Allen Ginsberg es recuperar el nombre, la bandera y el sentido de la lucha de la Generación Beat, donde también estaban en mayor o menor grado Jack Kerouac, Neal Cassady o Lawrence Ferlinghetti. Pero si además se trata de la emblemática obra Aullido, enriquecida con las magníficas y anonadantes propuestas gráficas de Eric Drooker (que pasó de ser artista plástico callejero a diseñar portadas de The New Yorker), el éxito tiene que acompañar seguro a la empresa. La editorial Sexto Piso acaba de lanzarse a esa aventura. Nos ha puesto en las mesas de novedades de las librerías ese volumen, encuadernado en tapa dura, iluminado con una policromía fulgurante y con fotografías del autor, del ilustrador y de la película que se ha comercializado hace bien poco sobre el tema. El texto ha sido traducido por Rodrigo Olavarría.

Y si la obra es formalmente una auténtica maravilla (Sexto Piso ha tirado la casa por la ventana para elaborar una joya editorial de primer orden), no menor es la seducción que las palabras de Allen Ginsberg nos trasladan. Con una prosa que no cabe sino calificar de narcótica, gobernada por la anáfora y el paralelismo, el poeta de New Jersey nos va envolviendo en una especie de hipnosis que nos lleva a la zona más misteriosa del ser humano, allí donde habitan las desazones, las tristezas, los vacíos y las angustias existenciales. Los personajes de quienes se nos habla aquí son seres rotos, perdidos, náufragos, nefelibatas, rebeldes inmóviles o autodestructivos, que se pierden por la ciudad y por el mundo sin tener muy claro dónde está el norte de la brújula. Estos hombres y estas mujeres pueden pertenecer a cualquier sitio (Allen Ginsberg menciona durante las más de doscientas páginas del libro un buen caudal de ciudades, estados y países: Arkansas, Nueva York, Idaho, Baltimore, Oklahoma, África, México), porque la desorientación vital no se reduce a ciertas personas, sino al conjunto de los seres humanos, que chapotean en una náusea sartreana que es tan evidente que ni siquiera precisa decir su nombre.

Frente a esas zozobras, expresadas con un ritmo atosigante de versículos, las salidas posibles del túnel (o más bien sus respiraderos esporádicos) son el alcohol, el jazz, las drogas y el sexo. Y es que en este largo poema surrealista y underground corren los fluidos de una forma libre. Allen Ginsberg no se refrena (nunca lo hizo, ciertamente) a la hora de hablar de coños, culos, vergas, mamadas o eyaculaciones, porque concede a las relaciones sexuales un papel primordial en el equilibrio interno del ser humano. Las imágenes de Eric Drooker (véanse, por citar sólo algunos casos, las láminas que figuran en las páginas 67, 72 o 73) acompañan con su hermosa explicitud las indicaciones verbales del poeta de Newark.

Al margen de esas pulsiones orgánicas, Allen Ginsberg también nos da en su texto otras más intelectuales, como las menciones que hace de Edgar Allan Poe, San Juan de la Cruz, la Biblia, las Parcas o el dios Moloch, así como su constante tributo al neoyorkino Walt Whitman (Aullido tiene mucho, a mi entender, de poema whitmaniano), que se unen a las anteriores para formar un orbe literario de rara intensidad y de plurales significados posibles.

Allen Ginsberg nunca fue un escritor cómodo para los poderosos (sufrió graves críticas por haber escrito parte de esta obra bajo la influencia del peyote; Fidel Castro ordenó expulsarlo de Cuba después de que el poeta denunciase la discriminación de los gays en la isla; fue deportado de Praga por sus declaraciones públicas; etc), pero sí un poeta de sugerente lenguaje, intuiciones apocalípticas sobre el mundo que nos rodea y metáforas de amplia repercusión. Y frente a lo que muchos pensaron en su momento, su espíritu y su mirada crítica siguen vigentes en el pensamiento y la cultura occidentales, con un vigor inagotable y una fuerza inaudita para desvelar los territorios más oscuros del ser humano. Si en la página 90 de este espléndido volumen se nos habla de aquellos «que tosieron en el sexto piso de Harlem», a partir de hoy son legión los que podrán decir «que leyeron en el sexto piso de Madrid».

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