Nombres degradados

Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Hay quien de niño lo llamaban Pepito y a los sesenta años ya nadie lo conoce por su nombre completo, por mucho que se haya desgañitado durante toda su existencia reivindicando su verdadera identidad, porque lo que para un niño es aceptable, incluso gracioso, para un hombre maduro o para un anciano empieza a ser chocante, ridículo. Tal vez por este motivo, mi madre nunca utilizó diminutivo alguno con sus hijos ni permitió, si estaba ella presente, que otros lo usaran. Yo fui para ella siempre Pascual, el nombre del abuelo paterno, con quien se llevó extraordinariamente bien toda la vida, acaso porque él era un caballero de maneras corteses, que supo tratar a las mujeres con clase y reconocer a las mejores con gesto siempre amable y palabras educadas y talante gallardo.

No recuerdo que mis compañeros en la escuela o mis vecinos del barrio me denominaran con ninguna abreviatura, tan de moda en los últimos años, salvo el apodo acostumbrado que solíamos heredar de los padres; y yo tuve a gala exhibir mi nombre allí donde estuve: en el instituto, en la universidad y en mis labores profesionales, más adelante, sin que fuera necesario corregir a nadie por la tendencia a deformarlo o a convertirlo en un vulgar diminutivo.

El cariño, la expresividad y la voluntad de cercanía informan este hábito de nombrar añadiendo sufijos, tiernos en ocasiones, a veces cursis, inapropiados siempre. Es verdad que no sé es menos por que alguien te llame Pascualín, Pedrín o Tomasito, por poner algunos ejemplos al azar, del mismo modo que en el ámbito taurino han abundado desde antiguo estas especies apelativas: desde Gitanito de Triana, Manolete o Joselito hasta nuestro más reciente Rafaelillo. No conozco, sin embargo, en el universo de las letras, de la filosofía o de la ciencia, esta tendencia de cuño innegablemente infantil, tal vez por el hecho de que nos resulta inconcebible, y quizás también grotesco, un Miguelito (por Cervantes), un Benitín (por Galdós) o un Severín (por Ochoa).

Uno tiene la impresión en esas ocasiones en las que alguien, que jamás lo denominó así, se permite la libertad de echar mano del nombrecito de marras, que se trata más bien de un arma igualatoria, que esconde el afán revanchista de poner al otro en el lugar donde él supone que debiera estar, es decir, siempre más abajo, siempre más atrás, como una reacción primitiva a un claro complejo de inferioridad. De ahí que algunos se envanezcan de tratar así al médico, al profesor o al abogado, como si de esta guisa los colocaran en su sitio, los hicieran de menos o redujeran de forma consciente su valor profesional.

Uno no puede dejar de percibir un fondo sordo de familiaridad mal entendida, donde reposa el fango espeso del desprecio y, quizás también, de la envidia, pero en el que destaca una evidente falta de tacto, de sinceridad y de respeto, que nace de esa mala educación tan española. Cosas de este tipo son impensables en países como Francia o Inglaterra, donde las normas de tratamiento constituyen un aspecto esencial de las relaciones humanas.

Es curioso que a estas alturas del nuevo milenio algunas voces importantes y con desparpajo pedagógico hayan propuesto el regreso al usted para el profesor y el maestro y, de manera genérica, para cualquier persona que ocupe un cargo de dignidad y de importancia o, como suelo hacer yo, para cualquier persona que, en general, sea mayor y requiera por esto de una distinción especial.

Nos hemos dado, en los últimos tiempos y con demasiada frecuencia, a la chabacanería a granel, a la confianza simplona y a la camaradería campechana en exceso. Somos todos amigos de la infancia, colegas íntimos, iguales en méritos y en virtudes, en dignidades y en autoridad, en títulos y en años de experiencia. Abrazamos y besamos de un modo indiscriminado a cuantos se  nos presentan en nuestro camino cada día, porque estamos seguros de que así lo desea todo el mundo, de que así debe ser. Saludamos con un Manolín, un Luisillo o un Juanico a quienes no pretenden que se les otorgue un don Manuel, un don Luis o un don Juan, pero acaso se conformarían con ser reconocidos, de manera humilde, por el nombre que el sacerdote y el escribiente del juzgado les impusieron en fechas cercanas a su nacimiento y para el resto de sus vidas.

Ahora bien, donde las dan las toman, y cualquier nombre posee su propia degradación morfológica, su esperpento agazapado. Y, sin embargo, constato que a casi nadie le convence esa especie de violencia verbal, un tanto bufa, ni siquiera a aquellos que tienen el mal gusto de ir achicando adrede, como un acto miserable de franqueza mal entendida, el nombre de los otros. Y menos que a nadie, a ellos. Así que démosles a estos bergantes un poco de su propia medicina.

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