El Padre Anselmo

Con su hermana y unos amigos

José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.
En nuestro propósito de proponer semanalmente a las gentes que integramos las tierras de la Comarca Noroeste de la Región de Murcia temas de conversación cuya exposición en ningún caso es concluyente, sino que queda abierta a que cada cual la amplíe, enriquezca y cierre de acuerdo con sus propias vivencias y recuerdos, traemos hoy a las páginas de EL NOROESTE el recuerdo siempre cálido, cariñoso y cargado de admiración del Padre Anselmo, abad mitrado de la Abadía de la Santa Cruz, en el paraje de Cuelgamuros, en plena sierra madrileña de Guadarrama y sitio tan emblemático como el Valle de los Caídos.


Aunque no nacido en Moratalla porque el destino así lo quiso, sus padres sí que fueron moratalleros y él viene anualmente a la tierra de sus mayores a cargar las baterías del cuerpo y del alma, actualizando recuerdos que tienen que ver con su pasado y que sacian  todos sus sentidos corporales.
El P. Anselmo se llamó en el siglo Pedro Álvarez Navarrete, siendo el mayor de dos hermanos (él mismo y Lola, además de otros dos fallecidos de muy corta edad), que trajeron al mundo sus padres José Álvarez y Lola Navarrete, aquel oriundo del caserío de Hoya Alazor y ésta de la propia ciudad.
El matrimonio partió pronto de Moratalla, fijando la residencia primero en Albacete y luego en Madrid, donde establecieron el domicilio familiar en la C. de la Cruz Verde  en que regentaron una lechería y donde nació Pedro, el cinco de septiembre de 1932, haciéndolo su hermana poco después en la de San Vicente.
A los once años ingresó en el seminario diocesano de Madrid donde, al poco tiempo, contrajo una enfermedad estomacal que le exigía guardar un severo régimen alimenticio que en el internado, en plenos años de la posguerra, era imposible administrar. Ello motivó el regreso al domicilio paterno, donde los cuidados de la madre acabaron pronto con la dolencia.
Fue durante la convalecencia de la enfermedad cuando comenzó a frecuentar el monasterio benedictino de la C. San Bernardo de la capital, en cuyo seminario se instaló y formó de la mano del P. Sebastián, haciendo el noviciado en Silos y siendo ordenado sacerdote en el famoso monasterio burgalés, a los 23 años, en 1955, por el entonces obispo auxiliar de Madrid y viejo profesor suyo monseñor Juan Ricote.
Las gentes del Noroeste Murciano miramos siempre con los ojos del cuerpo y del alma a la tierra de nuestros mayores, hayamos o no nacido en ella, por lo  que no debe resultar extraño que el nuevo monje benedictino (ya con el nombre de Anselmo, pues al dedicarse al servicio de Dios en vida contemplativa, los monjes abandonan no sólo a su familia, amigos y bienes terrenales, sino hasta su propio nombre), eligiera Moratalla para celebrar su primera misa solemne, lo que supuso todo un acontecimiento en la ciudad, que tuvo lugar en la iglesia mayor de Ntra. Sra. de la Asunción el 29 de septiembre de 1955, fiesta litúrgica entonces del Arcángel S. Miguel, predicando en el transcurso de la misma otro inolvidable moratallero: el P. Eduardo Rodríguez, misionero jesuita, famoso por su ejemplo y su oratoria sagrada, y conocido en toda España como el Padre Rodríguez.
Fr. Anselmo fue destinado por la Orden Benedictina al monasterio de Silos y luego a Madrid, desde donde, en 1958, partió con otros monjes, junto al abad Fr. Justo Pérez de Urbel a realizar la fundación de la Abadía de la Sta. Cruz del Valle de los Caídos, donde permanece en la actualidad. Allí ha sido bibliotecario y archivero, además de profesor de Filosofía Moral, Teología Antropología y Sociología habiendo escrito varios estudios sobre Patrística, Humanismo, Historia de Europa, Filosofía y Teología de la Historia, y publicado, entre otros, el libro que lleva por título Meditación y liberación.
Elegido abad por los monjes, sucedió en el cargo, tras otros, al ya mencionado Fr. Justo Pérez de Urbel, historiador medievalista de fama europea, vinculado a Caravaca por amistad con su colega el profesor Emilio Sáez, quien propició su venida a la ciudad en 1964, a predicar en el Pontifical del 3 de mayo, siendo Hermano Mayor de la Cofradía de la Cruz Manuel Álvarez Moreno.
El P. Anselmo, como abad del Valle de los Caídos, y según la regla de S. Benito, es padre, pastor, maestro y médico que dirige las almas de los monjes, a la búsqueda de Dios. Según sus propias palabras, como paterfamilias se ocupa de la organización del monasterio y la dirección de la vida material de la comunidad benedictina, compuesta de 25 monjes allí ubicada. Es invitado a dar conferencias de tema religioso por todo el territorio nacional y está considerado una personalidad entre la comunidad científica hispana, por su categoría humana, humanística y espiritual.
Su larga vida en El Valle le ha permitido vivir en primera persona la inauguración de aquel complejo arquitectónico funerario el 1 de abril de 1959 y la dedicación de la Basílica el 7 de abril de 1969 por el Nuncio del Papa Juan XXIII Marcelo Cicogniani, además de otros acontecimientos más cercanos en el tiempo, que el lector conserva en la memoria reciente.
El P. Anselmo vuelve a Moratalla cada año, donde recuerda los años posteriores a la Guerra Civil en que, con sus padres, se instaló en las inmediaciones del pantano del Taibilla, donde practicaba el fútbol con los amigos y la observación de la naturaleza. Su familia conserva casa y tierra de labor en el municipio y, periódicamente le es vital el contacto con esa naturaleza y esas gentes suyas que le proveen de vistas, sonidos, aromas, sensaciones y algún que otro manjar de la zona, con que encarar el trabajo de todo el resto del año al servicio de Dios y de los hombres.
Participar en cualquier ceremonia monacal en El Valle, se sea o no creyente, constituye un espectáculo para los sentidos, que evidentemente disfruta más quien lo vive interiormente. La cuidada celebración de la liturgia, su puesta en escena, la selección musical gregoriana de la escolanía y la presencia del P. Anselmo, ataviado de los ornamentos litúrgicos abaciales presidiendo, traslada al espectador o participante a otro mundo de belleza interior cuyo disfrute siempre sabe a poco y que compensa, con mucho, los sacrificios del camino hasta llegar al pie de la Santa Cruz de cemento, de cientos de metros de altura, en cuya construcción participaron arquitectos de la talla de Pedro Muguruza y Diego Méndez, escultores como Juan de Ávalos y pintores y artistas varios de las artes suntuarias que hacen de la abadía y la basílica un espacio donde todo invita a la oración porque el encuentro con Dios se produce en cualquier momento y en cada rincón.

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