Federico García Lorca

Rubén Castillo Gallego

Pocas veces un escritor y un estudioso habrán estado, en la Historia, tan unidos como el granadino Federico García Lorca y el dublinés Ian Gibson. Y es de justicia que así sea porque, desde principios de los años 70, una gran porción de la labor investigadora de este hispanista se ha centrado en los avatares biográficos y literarios del más famoso de los poetas españoles del siglo XX. Ahora, la editorial Crítica nos ofrece, revisada y actualizada, la monumental propuesta en un volumen enorme de casi 1400 páginas donde podremos encontrar todos los datos que Gibson consiguió recabar a base de lecturas de libros, consulta de diarios personales, análisis de cartas, vaciado de periódicos de toda España, entrevistas a las personas relacionadas con su vida y con su muerte (en ocasiones, utilizando una grabadora oculta para que la fluidez de las revelaciones no se viera mediatizada por la cortapisa del pudor o el miedo), etc.


Algunos lectores que encuentren esta obra en las librerías pensarán que se trata de un volumen accesorio, porque todo lo esencial acerca de Federico García Lorca ya está dicho, publicado y repetido infinidad de veces. Pero les aseguro que no es así. En este millar largo de páginas pueden encontrarse, en la amena prosa de Ian Gibson, multitud de detalles acerca del poeta granadino que seguirán llamando la atención de quienes se decidan a visitar sus líneas. Que parte de su familia materna procedía de Totana (p.29); que Federico jamás pudo correr, porque tenía los pies planos y una pierna algo más larga que la otra (p.35); que sus compañeros de bachillerato lo ridiculizaban llamándole Federica (p.87); que fue amigo íntimo de Manuel de Falla, con quien llegó a acariciar la idea de escribir una ópera cómica conjunta (p.350); que el futuro cineasta Luis Buñuel se quedó noqueado cuando le llegaron rumores de la homosexualidad de Federico, que él quiso aclarar de una forma más bien abrupta (p.374); que hubo un joven escultor llamado Emilio Aladrén que, en 1928, provocó una desilusión amorosa de tal envergadura en el poeta granadino que lo impulsó a marcharse a América (p.564); que Federico llegó a salir como penitente enmascarado en la procesión que organizaba, en 1929, la cofradía de Santa María de la Alhambra (p.618); que entregó 50 folios manuscritos a Philip Cummings dónde explicaba lo que pensaba de las traiciones de algunos de sus antiguos amigos, como Salvador Dalí, indicándole que diez años después los destruyera si no se los había pedido antes (p.674); que colaboró con el murciano Ramón Gaya durante los años de la compañía teatral La Barraca (p.805); que aún no se ha estudiado del todo la relación que mantuvo con Rafael Rodríguez Rapún, «quizá el más hondo amor de Lorca» (p.884); que Federico cantó para Carlos Gardel, unos meses antes de la muerte del inmortal tanguista (p.919); que llegó a mantener una cierta relación con José Antonio Primo de Rivera, quien admiraba su labor como poeta, y que éste último llegó a coincidir con él en un restaurante, enviándole una notita escrita en una servilleta (p.971); o que, cuando el poeta ya había sido ejecutado, un fascista se presentó en la casa familiar granadina con una nota escrita por Federico donde se indicaba: “Te ruego, papá, que a este señor le entregues 1.000 pesetas como donativo para las fuerzas armadas”, chantaje indigno que revela muy bien el talante de cierta gentuza (p.1144).
Que un escritor, fundamentalmente, ha de ser recordado por sus obras no es algo que deba ser repetido, por evidente; ni constituye sorpresa para nadie. Pero tampoco debería constituirla el hecho incontestable de que la biografía de algunos escritores de rango universal (Pablo Neruda, Ezra Pound, Antonio Machado) merece también un estudio detenido, porque los descubrimientos que se llevan a cabo en ella sirven (o pueden servir) para iluminar aspectos cruciales de la obra que el creador nos entregó a los lectores. Esta obra descomunal, minuciosa y diría que insuperable (en matices, quizá; en hondura, imposible) es un texto que no debemos dejar de leer. Aunque nunca se aclare dónde está el cuerpo de García Lorca, volúmenes como éste de Ian Gibson nos permiten conocer mucho mejor el alma del poeta.

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