El sueño de una noche de verano

Pascual García

Me gustaba mucho el cine, demasiado. Sólo se me ocurre alegar en mi defensa esta pasión desenfrenada e irracional para justificar el suceso que cuento. Ya he dejado escrito en alguna otra parte que tal vez heredé esta afición de mi padre, pero también de mi abuelo materno, Cristóbal, que solía ir cada día a ver una película, aunque fuese la misma, aunque ya la hubiese visto.

Aquel domingo de finales de agosto o principios de septiembre mi padre y yo habíamos ido al secano a recoger almendras. Estábamos en plena temporada y debíamos terminar el trabajo antes de irnos a Francia a la vendimia. No importaba que el día fuese festivo, porque había prisa por terminar la campaña, que no sólo consistía en la recogida de la almendra, sino que además había que quitarle la cáscara a mano, secar el fruto en grandes mantas que poníamos al sol y envasarla hasta que mi padre la vendía, casi siempre a un precio irrisorio, para volver a cargarla después en el motocarro que se la llevaría finalmente.

Pero aquel domingo había quedado con alguien especial en La Glorieta, unos ojos azules y una sonrisa inolvidable en el inicio de mi adolescencia, con quien pasearía y hablaría durante un par de horas después del trabajo. Esos eran mis planes al menos, aunque en aquel tiempo yo proponía y mi padre disponía. La tarde fue largándose y entre unas cosas y otras, se nos pasó la hora acostumbrada de volver a casa y casi era de noche ya, cuando, lavado y en perfecto estado de revisión, me senté a la mesa de la cena no sin algún gesto de protesta, pues hubiese preferido, contra la sensata opinión de mi madre, haberme marchado sin cenar a la cita que ya se había convertido en un plantón en toda regla.

Fue en ese momento, cuando mi padre cayó en la cuenta de su error. No había reparado en que era domingo y en que su hijo se encontraba en esa edad difícil, que todos hemos de pasar de un modo obligatorio antes o después. Mi prudencia y mi pudor no me habían permitido recordarle, mientras faenábamos en el campo que era día de fiesta y que debía volver a buena hora para salir con mis amigos. Supongo que, ante mis ademanes de contrariedad, se imaginó la verdadera causa de mi disgusto. Mi rostro resultaba elocuente, sin duda.

Entonces tomó una decisión, que todavía no he olvidado. Me dijo que cogiera del bolsillo de su chaqueta, donde guardaba la cartera, el dinero necesario para el cine. La película la echaban en el recinto de verano situado en la carretera de Calasparra, era de vaqueros y costaba veinticinco pesetas. Pero lo más sorprendente es que terminaba muy tarde, pasadas las doce de la noche. Nada de todo esto era importante en aquel momento. Acabé de cenar y salí a la calle con mis cinco monedas de duro en el bolsillo.

Fui hasta la Glorieta y hallé a la muchacha que me esperaba desde hacía dos horas junto a algunas amigas. Yo no sólo llegaba tarde, sino que además me vi en la obligación de anunciarle, con cierta desfachatez, lo reconozco, que me iba al cine. Lo sentía realmente, pero entre quedarme con ella el resto de la tarde, que ya era casi noche y de la que apenas quedaba mucho, pues también ella tenía que irse, y entrar al cine de verano con mis rutilantes cinco duros a ver una película de indios y vaqueros, disfrutando de la pantalla enorme bajo el espectáculo de la noche veraniega, no había color, escogería sin titubear esto último. No se lo dije con estas palabras, pero seguro que así lo entendió ella.

De manera que, como me pillaba de camino, acompañé a mi amiga hasta su casa y, cuando la hube despedido, me metí en la sala al aire libre, con suelo de arena y sillas plegables de madera. Me senté en un lugar de privilegio y me dispuse a pasar el resto de la velada en compañía de la historia que proyectarían sobre el muro encalado de aquel recinto. Era, por supuesto, tan emocionante asistir solo, como una persona mayor a aquella ceremonia cinematográfica que me olvidé del agravio que le había infligido a la muchacha de mis sueños y, asimismo, de la factura merecida que ella me pasaría sin duda, en  las semanas posteriores.

No he desalojado de mi memoria la película que vi, aunque en mi descargo debo añadir que tampoco me he quitado de encima en todos estos años el peso de mi conciencia conturbada, sobre todo porque en muchas ocasiones me he dicho que obré como un niño, embelesado por el engaño de la ficción, que desprecia la solidez y la belleza de la realidad.

Es posible que aquello constituyera una señal de mi forma de entender la vida, pues, en efecto, en bastantes ocasiones, he preferido el sueño de la fabulación a la verdad escueta y contundente

Seguramente por esta causa he terminado, mal que ver, siendo escritor.

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