Sobre la enseñanza

Orencio Caparrós Bravo.

Son muchas las preocupaciones y males que nos afligen, la economía, el paro, y sus secuelas más inmediatas; una especie de pesimismo que nos invade y desmoraliza. Sin embargo, cuando, una vez constatada la realidad, se plantean soluciones posibles una especie de coro de grillos organizan su especial serenata. Eso es lo que empieza a ocurrir con la enseñanza.

Dos verdades sobre esta cuestión parecen innegables, primero que la enseñanza se ha extendido al mayor número de personas en toda la Historia de España; segundo que la calidad de la misma deja mucho que desear. Una afirmación positiva seguida de otra negativa. Evidentemente hay que corregir la segunda, y para hacerlo hay que analizar qué es lo que no funciona desde hace años. Lástima que cada vez que se pretende buscar soluciones nos encontramos con los tópicos de siempre, que si se quiere segregar a los más desfavorecidos socialmente, que si se pretende favorecer a la escuela concertada, que si la orientación clasista de la derecha pretende cargarse el sistema…Así nos va.

¿No es posible, de una vez por todas, distinguir la voces de los ecos?, o como pedía Juan Ramón Jiménez a la inteligencia, que le diera el nombre exacto de las cosas, Llevo veintisiete años dando clase, he vivido, por tanto, la implantación y desarrollo de las leyes del último cuarto de siglo y he sido testigo, como muchos otros, del deterioro paulatino y creciente del sistema educativo. No sé cuantas veces he oído clamar por la necesidad de ofrecer a determinados alumnos, con quince o dieciséis años de edad, alternativas que verdaderamente les motivaran y les ahorraran el triste dispendio de tiempo en el que están; al mismo tiempo se constata que los alumnos que terminan su bachillerato salen con una formación menos consistente que la de hace unos años.  Se da, por tanto,  una aparente paradoja, por un lado se mantiene el fracaso escolar, y por otra, cuando los alumnos avanzan adecuadamente dentro del sistema su formación no es mejor.

Pienso que no es preciso ser ningún avezado observador para comprender que es imprescindible adaptar los programas a las distintas demandas que tenemos, los programas y los itinerarios, sin que ello conlleve segregación alguna; ésta se produce precisamente cuando hacemos lo contrario, es decir lo que estamos haciendo. Por una parte reducimos los contenidos con la esperanza de llegar al mayor número de alumnos posible sin lograrlo, y por otra dejamos sin cubrir la demanda de los alumnos que pueden dar un mejor rendimiento, especialmente en la ESO.

La enseñanza tiene la grandeza de posibilitar la movilidad social, pero la igualdad de oportunidades que ofrece no puede confundirse con la igualdad en resultados, sencillamente por que al no ser iguales las capacidades, los intereses y las destrezas, las metas y los logros no pueden ser los mismos. Durante décadas nos hemos empeñado en un objetivo que a la postre ha resultado inalcanzable y en muchos casos frustrante. La promoción de curso con asignaturas pendientes ha hecho perder a la enseñanza su carácter selectivo, el esfuerzo ha pasado a un segundo término, y lo que aún es más grave ha confundido a muchos padres y alumnos a la hora de valorar juiciosamente cuales eran sus expectativas reales, provocando un  fiasco difícil de superar. Lo políticamente correcto no puede llevarnos a esconder la cabeza debajo del ala y seguir negando la evidencia con argumentos falaces. El tópico de que una enseñanza de calidad y selectiva beneficia a las clases acomodadas no se sostiene  cuando todos conocemos a individuos que procediendo de medios muy humildes han conseguido escalar socialmente gracias a los estudios, médicos, arquitectos, profesores, abogados, ingenieros, que con becas e incluso con trabajos de temporada han sido capaces de llegar a sus metas, mientras otros, hijos de familias con posibilidades económicas, se han dedicado a otras tareas que no precisaban titulaciones.

Si la realidad es esta, ¿ por qué no aceptar que hay que dar salida a quienes, con la edad adecuada, piden alternativas distintas?, ¿ por qué no revalorizar una salida profesional con una formación previa de calidad?, ¿ por qué no crear un bachillerato más largo que prepare adecuadamente a los que elijan un trayecto universitario?.

Los tiempos no están para experimentos, pero sí para corregir lo que no funciona. La mejor formación que un individuo puede recibir es aquella que le permita vivir dignamente, que le permita competir en un mundo globalizado en el que la preparación específica y cualificada será el arma con la que enfrentarse a los retos que ya han llegado. Ya empieza a ser tarde.

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