Un ángel impuro

Portada Un ángel impuro

Rubén Castillo Gallego

Al abrir la caja fuerte de su difunto marido para depositar allí una cierta cantidad de dinero, Hanna Vaz descubre un bloc en blanco y acaricia la posibilidad de convertir sus páginas en un almacén para su memoria. Jamás ha llevado un diario y ésta es, por qué no, una magnífica oportunidad para empezar a hacerlo. Hanna Vaz (que antes se llamaba Hanna Lundmark, y antes aún Hanna Renström, y que después sería Ana Branca, aunque no llegaría a convertirse en Ana Negra), tiene, ciertamente, muchas cosas para consignar en él, porque su vida ha estado llena de acontecimientos singulares.

Puede contar cómo nació en un pequeño pueblecito de Suecia, rodeado por la nieve. Allí vivió su infancia en un hogar donde las dificultades económicas eran tan grandes que su madre optó por enviarla fuera, encomendándola a un hombre llamado Jonathan Forsman, quien le acaba consiguiendo trabajo de cocinera en un barco que pronto zarpará rumbo a Australia. El cambio que se dibuja en el horizonte de su vida es radical, pero Hanna Renström desconoce la parálisis del miedo: quien nada tiene, nada arriesga. Y quien nada arriesga, nada puede ganar. En ese barco le espera una persona que se convertirá en alguien muy importante en su vida: el oficial Lars Johan Jakob Antonius Lundmark, un hombre de pocas palabras pero nobles intenciones que se terminará convirtiendo, poco tiempo después, en su primer marido. Pero el Destino no tiene reservados demasiados muelles ni demasiadas bahías para Hanna Renström, así que la felicidad no la enjoyará durante mucho tiempo.

Por azares que tendrán que descubrir los lectores, la joven acabará alojada en un lujoso hotel de Lourenço Marques (actual Maputo, en Mozambique) que, bajo su apariencia honorable, encubre en realidad un burdel de pujante fama. Durante los primeros días, Hanna es atendida allí de su fiebre y de su delicado estado de salud. Y cuando se recupera comprueba lo extraño que resulta hospedarse en un sitio así: un dueño de origen portugués; multitud de prostitutas de raza negra; un ambiente de lo más desagradable para ella (los clientes blancos entienden que las personas de raza negra son inferiores y no merecen consideración de ningún tipo: ni siquiera las que se tendrían con los animales); un singular hombrecillo llamado Zé, que lleva años afinando el mismo piano, con lentitud y terquedad incansables; y un mono llamado Carlos, que adopta ademanes de ser humano y al que incluso visten con chaquetilla. Más adelante, Hanna conocerá a otros personajes fundamentales en su vida, como Pedro Pimenta (que cohabita con la negra Isabel, de la que tiene dos hijos), el abogado Andrade (el encargado de llevar las cuentas del burdel) o Moses (un minero de gran fortaleza física y que cree en la magia).

Pero lo más singular de la historia, siéndolo todo, es que Henning Mankell explica en una nota situada al término del libro que su novela tiene un trasfondo histórico real: gracias a una conversación que mantuvo con el africanista Tor Sällström se enteró de que una misteriosa mujer sueca regentó a finales del siglo XIX y comienzos del XX uno de los prostíbulos más famosos de aquella zona; que cotizó enormes cantidades de dinero a la hacienda pública; y que finalmente desapareció sin dejar el mejor rastro. ¿Cómo no sentirse impulsado a investigar un suceso así? Poca información pudo obtener, pero su fantasía de novelista se puso de inmediato en funcionamiento para edificar esta narración, que ahora presenta en España la editorial Tusquets, con traducción de Carmen Montes. En sus páginas descubrimos la robusta personalidad de una mujer a la que las circunstancias vapulearon repetidas veces durante su existencia, pero que supo sobreponerse con energía; una mujer que viajó desde los hielos boreales hasta los calores mozambiqueños y cuya pista se terminó esfumando entre la niebla; una mujer pobre que terminó siendo enormemente rica; una mujer blanca que tuvo que adaptarse a una sociedad que no entendía, donde los blancos oprimían y vejaban a los negros sin ningún tipo de rubor o humanidad; una mujer, en fin, que resultará inolvidable para los lectores, incluso cuando haya pasado mucho después de haber cerrado la novela. Henning Mankell lo ha vuelto a lograr.

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