20 de marzo de 1765: Confección de un terno litúrgico con la pieza de tela donada por la reina Barbara de Braganza

Capa del terno donado por la reina

Francisco Fernández García/(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

Hace algunas semanas dábamos noticia del regalo por parte de la reina Isabel II de un manto para la Virgen del Carmen de nuestra ciudad, en esta ocasión vamos a tratar sobre otro regalo también realizado por una reina de España, me refiero al efectuado en 1757 por Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI, consistente en una pieza de tela para confeccionar ornamentos religiosos para el templo de la Vera Cruz de Caravaca.

La historia de este anecdótico suceso comenzó el 28 de junio de 1757 cuando el ayuntamiento de nuestra población acordó pedir alguna renta o limosna al rey para la adquisición de alhajas y ornamentos para el referido templo, teniendo en cuenta los escasos recursos económicos que disponibles para tal fin. «Por tener presente esta Villa que la Real Capilla del Templo y favrica de la Santisima Cruz se alla y allado siempre vajo la proteczion de Su Magestad, que Dios guarde, y demas señores Reyes sus antecesores, y que siendo un simulacro tan dibino y de tanta fama en toda la Christiandad no se alla con el culto y debida decencia a causa de la cortedad de renta que tiene la favrica y que por ella se alla con necesidad de alajas y ornamentos dezentes». Para efectuar la solicitud requirieron a D. Pedro de Mata, capellán de la Cruz, que expidiese una certificación detallando las necesidades de ajuar litúrgico de tenía el templo. El informe fue entregado a los regidores D. Juan Flores Sánchez y D. Agustín de Portillo Fereto, comisionados por el ayuntamiento para este asunto, quienes a su vez lo remitieron a D. Juan Pedro Navarro Echart, apoderado de la villa en la corte, para que presentase oficialmente la solicitud ante el rey.

La demanda debió de ser atendida con prontitud ya que el 13 de febrero del año siguiente el concejo caravaqueño informaba de que había recibido un terno de tela de plata regalado por la reina Bárbara de Braganza. La pieza de tela, que medía unas 15 varas, fue entregada al apoderado, quien la tuvo en su despacho durante algún tiempo, poniéndose en contacto con diversos sastres para ver la posibilidad de confeccionar con ella unas dalmáticas y una casulla, prendas que consideraban necesarias para el culto de la Vera Cruz. Sin embargo, todos los sastres consultados estimaron que la tela era insuficiente para poder hacerlas, por lo que sería conveniente adquirir más cantidad del mismo género para poder confeccionar todas las piezas. La compra fue demorándose debido a la escasez de fondos disponibles ya que los pocos existentes se había destinado a «la obra de la Capilla de la favrica del Vaño de la Santisima Cruz en que se gastan todos los caudales de la favrica y otros muchos, se a estado suspenso el destino que se le a de dar a dicha tela», por lo que en el verano de 1764 el referido procurador remitió una carta al ayuntamiento solicitando que se le informase del “destino que se le a de dar a dicha tela”.

El 12 de agosto de ese año se expuso el caso en la habitual reunión del concejo, decidiendo en vista de la situación fabricar con ella un palio con fleco de oro, ya que el existente se encontraba «algo yndecente», mandándose librar al fabriquero de la Cruz, el dinero que se necesitase para ello. No obstante, esto tampoco pudo llevarse a la práctica pues informados por «personas yntelijentes para su ejecuzion y todos han manifestado no serbir dicha tela para ese efecto por lo delgada y de poco color, maiormente siendo la lavor de plata de ojuela sobre puesta que no cala a la tela, por lo que le pareze al que dize que gastada en el palio no tendra durazion». Considerando esta nueva situación, se volvió a tratar el tema en una nueva reunión del concejo celebrada el 20 de marzo de 1765, siendo la opinión generalizada el intentar confeccionar con la pieza de tela alguna prenda que tuviese «la maior perpetuidad y durazion», por lo que finalmente se adoptó el acuerdo de hacer con ella una casulla, decidiéndose igualmente buscar «tela de la misma o semejante» y comprar la necesaria para confeccionarse una dalmática y una capa «y si algo sobrase se conbierta en un gallardete».

El 19 de abril D. Fernando de Luq, depositario de los caudales de la fábrica de la Cruz, informó al ayuntamiento de que había comprado la tela que faltaba, 2 varas y media, y 48 varas de galón de oro, pero que se necesitaban 10 varas más «por haver tomado mal los sastres las medidas» y que había buscado en Murcia y Orihuela pero no había encontrado del mismo tipo. La decisión del ayuntamiento fue que se buscara donde fuera y que se ultimase la confección del terno de manera que pudiese ser estrenado en las próximas fiestas de la Stma. y Vera Cruz de mayo. Para adorno de la capa, en el capillo de la misma, se bordó con oro, plata y seda una representación del escudo de nuestra ciudad.

Manuel Pérez Sánchez, en el estudio que realizó sobre esta pieza para el catálogo de la exposición «La Cruz de Caravaca: expresión artística y símbolo de fe», celebrada en 1997 precisa que la tela regalada por la reina corresponde a un tejido de raso brocado en plata y seda posiblemente manufacturado en Inglaterra, en tanto que el que se tuvo que comprar para completar la donación, utilizado para la casulla y el capillo de la capa, fue fabricado en Valencia a imitación de los tejidos ingleses. Pérez Sánchez refiere asimismo una antigua tradición caravaqueña según la cual el terno se confeccionó con un traje de corte de la reina. Sin embargo, tras conocer la documentación existente a este respecto se puede decir que esta información es inexacta, ya que la donación de la reina consistió en una pieza de tela y no en un vestido. Tal vez esta creencia popular se debió al exuberante diseño de la tela: «La composición ornamental del tejido se dispone sobre un fondo de color rosa intenso y luminoso, cubierto casi por completo de un fino y frágil enrejado o tela de araña de dibujo hexagonal. El adorno suplementario, de carácter exclusivamente vegetal, se reduce a un sembrado más o menos simétrico de pequeños ramilletes con flores cuadrípetas. La policromía de estos elementos florales está muy lejos de la vivacidad española o la exquisitez francesa al Mostar una moderada gradación que va desde el color marfil al marrón oscuro, lo que contrata con la sutil y preciosista utilización del hilo de plata, que en las modalidades de escarchado y entorchado va figurando estilizados motivos de flores y tallos, de contornos muy redondeados, que se extiende en un sinuoso y ligero movimiento, contribuyendo a esos efectos indefinidos que constituyen sin duda alguna lo mas logrado de esta decoración». Se trata, en opinión del mencionado autor, de una pieza excepcional y de gran importancia debido a los escasos ejemplares de este tipo de tejido conservados en la actualidad.

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